Frente al mar no falla la piscina, fallan los herrajes, los equipos y los remates. Elegir bien los materiales decide si el proyecto envejece bien o se deteriora en tres años.
Una piscina frente al mar tiene un enemigo que no aparece en ningún catálogo: el aire. No el agua salada de la piscina, sino la brisa marina que deposita sal sobre todo lo que hay alrededor, día y noche, durante años.
Eso cambia el criterio de elección de casi todos los componentes. Y lo hace de una forma poco intuitiva, porque lo que falla no suele ser la piscina sino lo que la acompaña.
El vaso y su acabado interior resisten bien. Lo que se deteriora son los elementos metálicos expuestos: tornillería, rejillas, escaleras, herrajes, carcasas de equipos y cuadros eléctricos. La sal en suspensión se deposita, retiene humedad y mantiene una película conductora sobre el metal que acelera el proceso incluso sin contacto directo con el mar.
Por eso una instalación que en el interior duraría quince años puede empezar a dar problemas en tres o cuatro a pocos cientos de metros de la costa.
Es el error más repetido. El acero inoxidable común, el que se conoce como 304, se pica en ambiente marino y aparecen manchas de óxido en pocos meses. El grado adecuado en costa es el 316, con molibdeno, que resiste bastante mejor la corrosión por cloruros.
Aun así, ni el 316 es eterno frente al mar: pide enjuagado periódico con agua dulce, sobre todo en piezas que no reciben lluvia directa. Cuando se puede elegir, el plástico técnico de calidad es preferible al metal en rejillas, tapas y fijaciones no estructurales, por poco elegante que suene.
Una bomba de calor instalada en costa necesita evaporador con recubrimiento anticorrosivo y carcasa de composite o material plástico, no de chapa pintada. Es una opción que casi todos los fabricantes ofrecen y que casi nadie pide, porque encarece un poco y en el momento de comprar no parece importante.
Con el cuarto de máquinas ocurre algo parecido. Dejarlo abierto al viento marino parece buena idea por la ventilación, y es lo peor que se puede hacer: conviene un recinto cerrado y ventilado de forma controlada, que renueve el aire sin bañar los equipos en salitre.
La cloración salina es cómoda y da una sensación de agua más suave, y por eso se pide mucho. Frente al mar merece una reflexión: añade cloruros al circuito en un entorno que ya castiga los metales, y exige que todos los componentes en contacto estén preparados para ello, empezando por el intercambiador de la bomba de calor, que debe ser de titanio.
No es que sea incompatible, se hace y funciona. Pero cuando la carga de bañistas es baja, la alternativa de dosificación automática con control de pH y potencial redox suele dar un resultado igual de bueno con menos agresividad sobre la instalación.
Nada de esto complica un proyecto si se decide al principio. Especificar 316 o plástico donde toca, pedir los equipos con protección reforzada y resolver bien el cuarto de máquinas no encarece de forma significativa la obra. Corregirlo después, cuando ya hay manchas de óxido en los herrajes y una carcasa perforada, sí.
En NAUA trabajamos buena parte de nuestros proyectos en costa, y el criterio es siempre el mismo: elegir materiales que pertenezcan al sitio, también cuando el sitio es hostil. Desde ahí desarrollamos piscinas prefabricadas de diseño arquitectónico fabricadas en Mérida e instaladas en todo México.
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